En nuestra vida nos encontramos a menudo situaciones en las que nos sentimos ofendidos por lo que nos han dicho o hecho de forma voluntaria o involuntaria. A veces, incluso, por lo que le han dicho o hecho a un tercero. Creemos que responder a la ofensa, ya sea enfrentándonos al otro, ya sea llevando nuestro enfado en silencio, protege nuestra autoestima, nuestro ego. Pensamos: “Si no respondo es como si le estuviera dando la razón”, y eso no lo podemos tolerar.

En ese momento, hemos salido de un estado de calma o neutro para pasar a uno en el que la ira, el odio o la tristeza, entra en nuestra vida bajando nuestra vibración energética. Ese péndulo destructivo que es la ofensa que nos han proferido, llena nuestra mente de pensamientos y sentimientos negativos, que nos dañan y nos debilitan. La ofensa ha cumplido su función y cuanta más importancia le hemos dado, cuanto más pensamientos y sentimientos negativos tenemos, con más fuerza oscila ese péndulo destructivo, dándole al otro más poder para dañarnos u ofendernos. Hemos caído en su juego sin apenas darnos cuenta.

Sin embargo, pienso que, como creadores de nuestra realidad y seres con la capacidad de elegir, podemos tomar caminos mucho más beneficiosos para mantenernos en el estado de calma, neutro o de felicidad en el que nos encontrábamos. Una de las formas más poderosas de “afrontar” la situación y, por consiguiente, anular el daño que nos quieren (o no) provocar, es decidir no dar importancia a lo sucedido e ignorarlo. De ese modo, el péndulo destructivo de la ofensa no oscila, pues no le hemos dado la energía para que lo haga, con lo que nuestro estado se mantiene inalterado y la ofensa no tiene lugar. Le hemos quitado todos su poder antes siquiera de que nos quite nuestra energía.

Por tanto, en el futuro, mantente observador/a, decide cómo quieres sentirte y crea tu realidad. No dejes que sea otro quien lo haga.

Feliz día.